Vacaciones 2008: Sketches of Spain (3)
MIÉRCOLES 2

Peso 74 kg. Son las 07:45 de la mañana en l'Hospitalet de Llobregat, ya me he duchado, y ya estoy sudando. El termómetro del vagón de Cercanías marca 24º C. Me dirijo al AVE.

En mi opinión, la expresión “ir en carroza” debe ser revisada. A más de 250 km/h, apenas se notan vibraciones. El vehículo se desliza suavemente entre las heridas del terreno.

Además de prensa, el billete de preferente permite un desayuno, café, zumo, un croissant, un pan, un poco de mantequilla, guisantes con jamón y una quiche. Todo tiene un sabor que tiende hacia lo indeterminable. Ah, y un yogur azucarado. Lo más neutro del mercado.

Una vez en la estación de Atocha, pregunto a los diferentes uniformados que me encuentro dónde comprar un billete de Regional para ir a Segovia. Todos me señalan en la misma dirección. Llego a una oficina de venta de tickets, “Atención al cliente”, y cojo un número de cola para “Salida hoy”. Quedan unos 80 números por delante, y tres cuartos de hora para el próximo tren. Hay 7 mesas, pero sólo dos trabajadores para “Salidas Hoy”. Uno va marcando los números sin que prácticamente se le dirija nadie. La otra, sin embargo, atiende a unos callados extranjeros durante muchísimo tiempo. Desde que me fijé en esta tardanza, al primer trabajador le dio tiempo a marcar 30 números antes de que a la segunda se le presentara la oportunidad de marcar uno. De esta manera, la cola no avanzó lo suficiente y perdí mi primera opción de tren. Así pues, cuando finalmente me llegó el turno, pedí uno que salía al cabo de dos horas. Sin embargo, era la cola del AVE que pasaba por Segovia. Nadie me había aconsejado bien. El billete del AVE era varias veces más caro y además había que desplazarse a la estación de Chamartín y hacer un trasbordo. Además de correr, hubiera llegado sin comer y sólo una hora antes que con el otro plan. Así pues, decidí dar por perdidas las horas y volver a preguntar dónde comprar un billete de Regional. La segunda trabajadora me indicó el sitio correcto, compré mi billete por 5,90 euros, y me dediqué a buscar un sitio tranquilo donde probar un bocado. 3,25 euros por una coca-cola y un bocadillo de salchichón.

La estación de Atocha es una zona de paso y no hay lugar donde sentarse, al menos yo no lo encontré hasta que me fui a los andenes, y tampoco había muchos asientos. Parece diseñada para huir de ella. De todas formas, teniendo en cuenta la gran cantidad de trenes que pasan, la información que llega por las pantallas es un poco cicatera. Por eso, los andenes se convierten con frecuencia en un rosario de almas que deambulan buscando cómo salir del desconcierto.

Una vez dentro del tren de Cercanías, percibo que sólo la megafonía y los marcadores monolingües permiten distinguir un tren de Cercanías de Barcelona de otro de Madrid. Después, claro, ir viendo el paisaje y las estaciones. Abundantes graffiti de caligrafía diversa, mundo ferroviario fantasma, escombros y vías muertas. Alzando un poco la vista, árboles no muy altos, monte bajo, color inesperadamente verde para principios de julio. En el tren, cada vez menos gente. A la altura del Espinar, comparto vagón con otras 3 personas. A medida que avanza la tarde o que nos dirigimos al Oeste, el cielo se encapota más. A las 15:50, la temperatura ha refrescado hasta los 17º C.

La primera sensación que me llevo de Segovia es auditiva: el sonido de mis pasos entre las calles empedradas y adoquinadas. Hay muchos desniveles salvados con escaleras. Los coches que no estacionan en los aparcamientos privados o particulares se hacinan en las plazas.

Noto que algunos pronuncian “acueduzto”. De todas formas, me dirijo en primer lugar a la Catedral de Segovia. La entrada vale 3 euros, para su conservación. Al entrar, se oye por megafonía una coral, probablemente barroca, muy molesta. Sólo se aprovecha la nave central para la feligresía. No hay nadie sentado en los bancos, y no hay un lugar claro al que mirar, ni siquiera el altar. Se combina ostentación y religiosidad de forma algo caprichosa. Es un recinto en el que predominan los altos barrotes. Me llamó la atención una virgen románica del siglo XII, de posición hierática, cejas marcadas y mirada dura (igualmente reproducida en el niño Jesús), expuesta en un cajón con luz artificial, totalmente desubicada pero fascinante. Como el día no está soleado, el efecto de las ventanas con cristales de colores no se percibe. El claustro, un remanso de paz, está también separado por barrotes y tiene además unas redecillas en los laterales para que no se posen las palomas. Muchos objetos y algunos cuadros acaban de componer el perfil de un almacén sacro.

En la Plaza Mayor hay un aseo público que a una hora avanzada de la tarde está razonablemente limpio.

Mi cena de aquel día: de primero, milhojas de verduras y gulas con salsa de queso y trufa, y de segundo, huevos de codorniz con foie y verduras. Acompañado de vino segoviano Ribera de Polendos. De aperitivo me ofrecen unos calamares y un pincho de tortilla (éste, más rico). De postre, flan casero. Todo muy rico, pero en el primero sobraba el queso y en el segundo las virutas de patata. No sumaban ni restaban. No aportaban.

He de admitir que el vino fue demasiado para mí. No llegué a mi habitación dando tumbos, ni me perdí (mis puntos de referencia fueron buenos), pero a las 10:15 ya estaba en la cama. A las 3 de la madrugada, eso sí, me di cuenta que sudaba y que era suficiente taparme con una sábana.

JUEVES 3

Un café con leche, 4 churros y una bonita sonrisa: 2 euros.

A las 9 de la mañana de un jueves de julio ya hay escolares junto al acueducto. La avenida Fernández Ladreda está bastante surtida de camiones, de preparativos de la Feria del Libro (que empieza en un par de horas), y hasta hay un escenario junto al acueducto, en el que las veces que pasé a su lado nunca llegué a ver que nadie se subiera.

Javi junto al Acueducto de Segovia

Empiezo a caminar en dirección al Alcázar, dejando el mapa guardado, siguiendo la máxima “el sol en el cogote”. Esta técnica me permite pasear por calles estrechas con casas pequeñas y humildes, de teja vieja y con algunos cristales rotos. Sin problemas llego a la calle Velarde, vecina de la calle Daoiz, nombres ligados al 2 de mayo de 1808 como su próxima calle Daoiz. Y al final de ambas aparece el jardín del Alcázar.

La visita guiada al Alcázar, con derecho a subir a lo alto de la torre incluida, vale 7 euros. Por qué no. Paso a una sala de espera donde se ahorra electricidad. Se oye el ruido del agua corriendo entre fuentes y piedras. Una vez se persona el guía e inicia la visita, comenta que los incendios no eran infrecuentes y apenas quedan dos artesonados del siglo XV, así que buena parte del Alcázar es una reconstrucción. Para que la imitación sea buena, son citadas muchas veces las láminas de José María Abrián como fuente.

Se ven armaduras de torneo que podían pesar entre 80 y 90 kg, las hay incluso para niños. Sobresalen las puntas del pie, o acicates, con las que los caballeros golpeaban al caballo del rival con el objetivo de hacer caer a su adversario. Por supuesto, para la guerra debían llevar otros atuendos más ligeros.

Fue Felipe II el que cambió la teja árabe de cúpula redondeada por los picos de los palacios centroeuropeos que son característicos del Alcázar. En el artesonado del techo hay 10 kg de oro, que daban lujo y claridad a las habitaciones.

Hay una pintura sobre la coronación de Isabel la Católica en la que ninguna de los personajes tiene los labios pintados: la obra es a la vez una conmemoración de la fecha del 13 de diciembre, Santa Lucía, patrona de los ciegos.

Los Reyes iban con el mobiliario de un lado para otro. Entre ellos incluían el reloj de arena, que medía el tiempo de las visitas. Nadie debía agotar la arena de la parte superior.

152 escalones llevan a lo alto de la torre, buena parte de ellos en forma de escalera de caracol. Puede ser un suplicio, pero para mí, que vivo en un décimo piso, es soportable. Al llegar se ven unas vistas regias, excepcionales, pero si se va por la mañana tiene una mala foto porque el sol da a contraluz si se quiere encuadrar hacia la ciudad.

A las 12, al pasar junto a la Catedral, en la Plaza Mayor, hay un mercadillo. Algunos vendedores gritan las bondades económicas de sus productos (“2 pares, 5 euros”, clama un zapatero) y ninguno las cualidades de la mercancía. Se toca el bolsillo.

Es una ciudad donde el tráfico tiende a autorregularse. Sólo llegué a ver un semáforo en todos mis paseos por la ciudad, ya lo citaré cuando toque. En muchas calles apenas pasa un coche y un peatón, y éste poniéndose de lado.

La Feria del Libro se acaba en un plis plás. Muchos stands venden los mismos libros. “El niño del pijama de rayas”, de 13 a 10,70 euros. Sigo, pues, hacia arriba buscando el punto más bajo del acueducto. Hay que seguir un tramo de fuerte pendiente. El acueducto pasa a tener dos pisos de dos arcos a tener sólo un piso, cada vez más pequeño, hasta llegar a la Casa de Aguas, a partir de la cual el mismo muro se convierte en una pared que se va haciendo más baja hasta que te puedes sentar en ella. Dentro de la rendija básicamente hay hojarasca, pero está bastante limpia. Y al lado del inicio del acueducto, el único semáforo que he visto en Segovia, y funciona para las coches.

Tras tanto paseo, y teniendo en cuenta que a las 13:30 pega un sol del carajo, busco un restaurante próximo a la Plaza Mayor, para pedirme un menú para turistas: judiones, cochinillo, pan, bebida y postre. Vino vallisoletano, un Viña Mayor cosecha 2003, más ligero que el de ayer, con menos presencia pero funciona bien para acompañar. De aperitivo, unos bocaditos con huevos y unos cacahuetes. Los judiones son grandes como mi pulgar y vienen acompañados de choricito y unas almejas. Muy bueno. Del cochinillo con patatas fritas (éstas, de saber insípido internacional) no queda nada en poco tiempo. Finalizo con un buen arroz con leche (con poco arroz, eso sí). Y de ahí a la siesta, que voy sin gorra.

Los intentos por salir de la ruta establecida (ver la iglesia de San Martín o de la Trinidad) no dan el fruto esperado. Ambas están cerradas. Siguiendo por Ezequiel González hacia abajo desciendo por unas escaleras peligrosillas, que me dejan en un parque donde se reúne la muchachada. Alguno saca los acordes de “El padrino” con su guitarra, otros juegan a fútbol, y un abuelo juguetea con un perrazo negro que me toma como su juguete hasta que ve llegar a otro canino blanco. Le rodea varias veces, avanza hacia el riachuelo, chapotea en él y vuelve a salir como un rayo. No está muy bien de la cabeza, el perruzo.

Más ligero que el perro corre el aire fresco fugazmente diluido por la transpiración de los practicantes de footing. Me he metido por el Clamores y salgo por el valle del Río Eresma. Tengo la sensación de haber recorrido Segovia de punta a punta, así que desando el camino andado con la única esperanza de no perderme. Tres cuartos de hora más tarde, con los pies como pasados por un mortero, me detengo en la terraza más llena que veo. Mucha gente mayor y, cómo no, dos catalanes. Hay muchos británicos, bastantes franceses, algunos de otros lugares… pocos segovianos.

Cuentan que en la noche segoviana hay bares musicales, discotecas, cines, etc. Pero no pienso comprobarlo, porque lo que seguro que no podré esquivar son las escaleras. Las probabilidades de que me caiga son bastante grandes. Prefiero pues, leer un poco y preparar las cosas para salir mañana.

VIERNES 4

Que tenía sueño atrasado lo demuestra el hecho que dormí durante 10 horas, hecho totalmente inhabitual. Me despertó un mal giro de cuello mientras soñaba con una especie de gusano de color amarillo gominota que, si le cortaba una parte, era capaz de generar un nuevo animal del que salía un fino hilo negro que servía para facilitar su alimento. Había cortado varias veces y empezaba a buscar soluciones de emergencia como el agua para exterminarlo cuando desperté. En fin. Otro café con churros (y media clientela de la barra preguntaba por María, sonrisa ausente, sustituida por un tipo enérgico que no estaba para bromas).

Cuando estoy en la estación de autobuses, a falta de poco más de diez minutos de la partida de mi bus, hago una foto de rutina y me doy cuenta de que me he dejado la tarjeta de memoria de la cámara de fotos en la habitación del hotel. Fuerza de intervención rápida. Llamada al hotel con dedos temblando de excitación. Carreras por la calle con todo el equipaje en la mano. Me esperan en la puerta. Doy las gracias y un par de frases más y vuelvo por donde he venido. Llego a la estación y hay un montón de autobuses recién llegados, con sus pasajeros ralentizados, y a todos les pregunto cuál es mi bus. Tiene color azul. Llego unos 30 segundos antes de que cierre las puertas. Bien. Buf.

Linecar llevará a unos 20 pasajeros desde Segovia hasta Valladolid. Carreteras en obras, con tramos directamente bacheados, castigan los amortiguadores. El conductor se queja, claro, pero el vehículo responde bien. La tierra por la que pasamos ya amarillea. En Cuellar sube otra veintena de personas.

A la entrada de Valladolid hay muchas casas a medio construir, huérfanas de obreros. Es una ciudad bastante dinámica, incluso a las 14:00. Con el sol que cae, la mejor idea es comer. Escojo el Figón de Recoletos: un gazpacho, media chuleta de lechazo asado, vino y agua. El lechazo es exquisito, jugoso, tierno y de un sabor suave del que parece que no te puedes hartar. Una tarta de queso de la casa pone un buen colofón.

Tras una siesta, me dirijo a la Catedral. Plaza ancha, como la de León. Entro por una puerta lateral en un edificio imponente, de techos altísimos e iluminación adecuada. La nave central está vacía, y en un brazo se está oficiando una misa con unas decenas de fieles, la mayoría mujeres mayores. Mientras, los escasos turistas damos vueltas por el lugar. En el pasillo de la nave central, una alfombrilla sin marcas de suelas, que sólo pisan algunos despistados. Se anuncia que en la nave izquierda de la Catedral se puede ver el Museo Diocesano y Catedralicio, con once capillas románico-góticas de la Antigua Colegiata y 450 obras de orfebrería y escultura, etc. Sin embargo, yo ya tengo bastante. Lástima que con mi cámara era imposible captar toda la fachada principal, pero qué le vamos a hacer.

Javi junto a la Catedral de Valladolid

Valladolid es una ciudad que incita a salir y pasear. Está viva, y de vez en cuando te topas con un edificio interesante. Me dirijo hacia el Pisuerga, esta vez con el sol de cara como pista, y paso al otro lado para buscar la sombra. El río tiene más de 100 pasos de ancho. Junto a él se está fresquito. Vuelvo a cruzar por García Maroto, donde oigo el tintineo de unos botes atados en la parte trasera de un coche. Recién casados… como en “La tonta del bote”, con Lina Morgan.

El Campo Grande es un espacio bastante bien pensado. Una zona verde próxima al centro de la ciudad, con parte boscosa, donde está la gente más mayor, espacios para jugar a fútbol y baloncesto para niños y jóvenes, y bares desde los que los adultos pueden mirar qué sucede, si quieren, mientras toman sus jarras de cerveza. Además, todo a la sombra de los árboles de gran copa, y con un airecito fresco. Ideal.

Me siento en una terraza. No muy lejos unas mujeres se tiran sin querer la bebida. “No te preocupes. Ahora pongo la falda en un poco de agua con… con Norit, y ya está”. Y siguen. La jarra de cerveza, que es un quinto, vale 1,90 euros. Me la sirven con patatas chips, insulsas, pero la cerveza me sienta divinamente, de las mejores experiencias con una cerveza en el gaznate, calmando la sed. Mientras, a mi lado se conversa sobre los ex futbolistas del Valladolid (qué fue de Onésimo o Benjamín, por ejemplo).

En la Plaza Mayor se juega un torneo de Pádel. Hay gradas prefabricadas altas, hay que entrar si se quiere gozar del espectáculo. Llega la noche y juegan un ratito más con luz artificial. La muchachada se concentra en la Plaza Mayor y aledaños, dispuestos a gozar de una noche de viernes de verano.

SÁBADO 5

A las 3 de la mañana aún hay bastante bullicio en las calles. A las 7:45 hace un bochorno que me expulsa de la cama. Saliendo a la calle y caminando por la ciudad, sin embargo, se está bien, así que me dirijo al campo del Valladolid, el José Zorrilla. Se espantan al oírme decir que llegaré allí caminando, pero no es para tanto, no llega a la hora de camino. Las calles céntricas están regadas y limpias, y la periferia está tranquila, con pocos coches y con algún que otro practicante de footing. El campo está apartado de la ciudad como un enfermo. A cambio, los pájaros trinan con más ganas.

El camino de vuelta es casi penoso. Oigo las campanadas de las once cerca de la Plaza Mayor. En un café de la plaza me pido dos croissants y un café con leche. Un desayuno, 3 euros. A mi lado, una conversación de entendidos de pádel. Al poco aparece una chica reclamando hielo porque en dicho torneo se les ha agotado. A las 11:15 han vuelto a empezar, dispuestos a aprovechar el sol antes de que caliente en exceso.

La iglesia de San Pablo está en pleno proceso de restauración. Al llegar a la Plaza, un andamio tapa toda la fachada. Al lado, una entrada del Museo Nacional de Escultura. En ella, en un caballete, una inscripción indica que la entrada se compra en el Palacio de Villena. Ni que esté al lado: ni hablar.

Justo al lado está la Casa Museo de José Zorrilla. Entrada gratuita. Un remanso de paz. La visita es bastante recomendable. Tras la proyección de un audiovisual de 5 minutos de tono introductorio, una guía hace un recorrido por la casa, más tratando de centrarse en cómo se vivía en ella que en rollos sobre literatura. Según la guía, debería haber muerto Zorrilla en Barcelona, pero unos encargos para escribir unos artículos en Madrid cambiaron ese destino. La familia Zorrilla siempre vivió de alquiler, y la casa está llena de elementos de diversas familias que la habitaron, hasta que pasó al Ayuntamiento. Destaca el cuarto oscuro en una habitación, todo un reducto de claustrofobia, así como la muñeca que servía de ambientador (se abría por la mitad para introducir la materia prima, y salía el perfume por su sombrero).

Para comer, me pido una ensalada templada de langostinos (lo templado es la vinagreta) y chuletillas a la parrilla. Un vino y un arroz con leche completan un menú bueno y eficaz.

Me hacen notar la inversión (“demasiada”) del alcalde actual en obras. Eso sí, en la Catedral la fachada principal está limpia, pero una lateral, la que se ve entrando desde la calle Tintes, está roñosa. No muy lejos está la Iglesia de Santa Maria la Antigua, que por aquí me han definido como de “cuento de hadas”. Al llegar, se está oficiando una misa. Mucha gente vestida de boda, entre ellos algunos catalanes, se hace fotos en el exterior. Tiene una fachada resultona, aunque una grúa situada detrás estropea el tiro de cámara frontal. En su interior, el edificio transmite religiosidad y recogimiento. Es una buena opción para ceremonias.

Sorprende que sólo haya un tren de RENFE que salga de Valladolid con destino a Zamora. Un tren que sale a las 18:20. Y sólo una línea de autobús para cubrir las dos capitales de provincia. Es muy poco. Eso sí: la comunicación con la capital (Madrid) funciona estupendamente.

Es sábado. A las 19:20 muchos turistas en las calles céntricas. El estruendo de la pista de pádel es grande cada vez que se produce un punto espectacular (aunque no hay muchos, o eso se intuye acústicamente). Como ciudad grande, Valladolid tiene sus pedigüeños. Donde las negativas no sirven, el acto de sacar la libreta es un repelente magnífico. Una cerveza servida en una copa rota, y sin tapa, 2,80 euros, en la calle Santiago.

DOMINGO 6

Sueño ligero y frecuentemente interrumpido por las voces de los más fiesteros. A la hora de los barrenderos, con sol bajo y aire algo más que fresquito, avanzando subrepticiamente hacia los huesos, salgo de la estación de autobuses de Valladolid para ir a Zamora. Compañía La Regional V. S. A., 6,60 euros. Una decena de jóvenes de piel aceitunada se baja en Tordesillas. Muchos llevan gorra, todos llevan mochilas ligeras.

Al llegar a Zamora, visito el Museo Etnográfico. Mucha palabra inconcreta y un orden discutible. Una planta está destinada al barro, otra al alma y al cuerpo, otra a la forma y el diseño, otra al tiempo y los ritos. Es una casa de citas (literarias) con un cúmulo de objetos y ropajes. Menos mal que es gratuito en domingo.

Al llegar al castillo de Zamora, una valla impide el paso. Está en pleno proceso de restauración “y recuperación de las estructuras defensivas del castillo medieval de Zamora, zona del foso, así como tareas de excavaciones y demoliciones en su interior”. Al lado hay un mirador, pero desde él se ve mucha obra nueva y no es especialmente recomendable. Eso sí, a la izquierda hay otro más atractivo, el que está cerca del Duero. Tiene unas rendijas desde la que uno se puede asomar al vacío y dan un poco de vértigo, además de que mejor que se mantengan lejos del alcance de los niños. Cualquiera comprueba si son suficientemente anchas para que pasen.

En la Catedral suenan las campanadas de las 13 horas. También en su interior, donde hay más de un centenar de fieles, están restaurando el pavimento. Los turistas pasean por los laterales y retroceden como alimañas atraídas y ahuyentadas por el fuego.

Javi junto a la Catedral de Zamora

Visto esto, me voy al Rincón de Antonio. Menú degustación, con buen vino. Me sirven 8 platos espléndidos, entre los que destaco fácilmente cuatro: 1, queso zamorano con crema de membrillo, nueces y aceite de oliva (el primero); 2, pechuga de pularda con langostinos, crema de ajo y mango (el tercero); 3, garbanzos de Fuentesaúco con boletus y ajoarriero (un quinto maravilloso); y 4, carrilleras de terna de Aliste con setas estofadas en una salsa de vino de Toro y miel (el sexto, plato cuya única pega es que al acabarlo no puedes sonreír, de tan negra que tienes la dentadura). Lo peor, la música: otro restaurante que pone discos de Sade enteros. Grmbf. Todo se dispara por encima de los 60 euros, pero los doy por bien empleados.

La tarde del domingo la tenía reservada para ver la final Nadal-Federer. Empezó de forma algo anodina. Cuando se debió interrumpir el partido por la lluvia, con un resultado favorable al manacorí por 6-4, 6-4 y 4-5, debí improvisar sobre la marcha. Huí al Museo Catedralicio. Entrar vale 3 euros. También tuve la sensación de almacén sacro. Se ven más los carteles de “No tocar” que las descripciones de los objetos, algunos de ellos preciosos. La sensación cambia al subir al segundo piso, el de los tapices. Algunos de ellos ocupan grandes paredes. Son algo recargados para mi gusto pero su belleza es incuestionable. Sorprende “La coronación de Tarquino Prisco”, un tapiz en lana y seda del siglo XV del Taller de Arras, o la “Historia de Aníbal (La entrada en Italia)”, tapiz en lana y seda del sigo XVI, del taller de Bruselas. En algún tramo de este segundo piso, las baldosas del suelo se levantan, faltan algunas, y se podría tropezar. Lástima. En lo que es propiamente el interior de la Catedral, el recorrido es más largo del de esta mediodía, cuando estaba abierto a la feligresía.

Aunque la Catedral fuera bonita, quedé más impresionado con la Iglesia de Santa María Magdalena, de una sola nave. Transmite una sensación inigualada por ninguna otra iglesia en este viaje. Pura espiritualidad. Poca luz, sin llegar a cegar. Incluye un sepulcro románico, “pieza única en su especie”, que está mal situado, junto a un ventanal que da a un claustro ajardinado en el que la luz de la tarde esconde su impacto y su belleza austera.

A la vuelta a la habitación del hotel, veo que el partido de tenis se ha puesto más emocionante. Federer ha ganado el tercer set por 6-7 y van 4-4 en el cuarto. Mucha más emoción y golpes realmente bonitos. Federer se impone nuevamente en el tie-break tras salvar alguna pelota de partido, y al quinto. Y con 2-2, nuevo parón por la lluvia. Quedan pocas horas de luz, pero puede ser que dé tiempo a finalizar el extenuante partido ese mismo día. Y tras un duelo precioso, Federer empieza a mostrar síntomas de cansancio en sus desplazamientos laterales para buscar su drive y empieza a fallar puntos que antes se agenciaba con comodidad. Nuevamente gana Nadal una final llevada al límite. Los Nadal-Federer en Wimbledon deberían formar parte de una DVD-teca, para que deportistas de toda condición y tenistas en particular observen qué pasa cuando se unen talento, espíritu competitivo y deportividad. Tras ver aquello, que después McEnroe calificaría como “el mejor partido de la historia”, no podía salir a la calle. Me quedé en mi habitación leyendo “El mundo de los prodigios”, de Robertson Davies. Por todo, un día mágico.

LUNES 7

Café con churros, 1,50 euros. Bajo por Balborraz y me paso por los márgenes del Duero. El que está más alejado del centro de la ciudad está lleno de árboles que obstaculizan una foto del puente de Piedra y la Catedral. Al final, me tengo que ir al Puente de Hierro, pero no tengo objetivos tan potentes como para que se haga una foto adecuada con los elementos que quería.

Subo por Cuesta Pizarro a buen ritmo. Me sorprende que en una librería haya pocas novedades y sí libros en portugués y español de corte divulgativo. “Toxicología o doctrina de venenos”, “Historia de la arrería Pengüelana”, “La matanza del puerco” o “Molinos tradicionales”.

Mientras paseo busco algún restaurante modesto, y encuentro alguno en el que por 10 euros me como un arroz a la zamorana y un mero a la romana. El arroz a la zamorana incluye chorizo o bacon. El vino ayuda a bajarlo todo y a hacer la siesta correspondiente.

Después salgo sin ningún plan previsto. Voy en dirección contraria a la Catedral, nuevamente hacia el Puente de Hierro, y después giro sobre mis pasos pero buscando calles secundarias. Veo una ciudad más grande de lo que los propios zamoranos se empecinan en hacerme creer, y muy bien acondicionada en algunos lugares. Allí donde hay calles viejas, no se ven vetustas.

Tras la caminata al sol, me pido un granizado en un café de la calle de Santa Clara con vistas privilegiadas de los paseantes. Turistas, lugareños, abuelas con bastón, niñas con helados, cincuentonas con cámara de fotos, madres paseando a sus bebés (bastantes)… El granizado de limón con unos frutos secos, 2 euros.

De noche refresca bastante. Muchos cogen el coche. En algunos locales suena música rock español guitarrero, pero no están muy llenos. Los chicos hablan de sus casi-conquistas y las chicas de lo que son capaces de hacer cuando están borrachas. Y en la habitación de al lado en el hotel, hay carnalidad.

MARTES 8

Los vendedores de tickets de autobús se toman su trabajo con mucha calma. Son dos ventanillas en la compañía Zamora-Salamanca, pero ninguna expende nada. Aparecen al cabo de 15 minutos. Un billete vale 4,25 euros. El viaje dura una hora.

La ciudad de Salamanca se ve bonita y es de fácil orientación. No hace ni media hora que estoy aquí, y al preguntar por el Archivo General, ya me han hablado de la calle del Expolio “o del Atropello”.

Para comer, sopa castellana y tostón asado “cochinillo”. La sopa castellana es un consomé caliente con jamón y huevos, y el cochinillo es algo huesudo. De postre, leche frita con canela, muy buena.

A la salida de la siesta me voy a ver la puerta del Archivo General de la Guerra Civil. Está en el centro de la ciudad, pero de forma periférica. Algunas personas entran en los 10 minutos en los que estoy cerca de la puerta buscando encuadres para las fotos.

Javi en la calle del Expolio

Las catedrales tienen un exterior espectacular, pero no acabo de quedar satisfecho con el interior, iluminado con un criterio que no acierto a entender. Eso sí, veo junto a la imagen de Nuestra Señora de la Soledad muchas velas, aunque hay un letrero que pone bien claro que “durante el culto no encender lamparitas”). Esta imagen sí que está bien iluminada, y otro que también tiene velas es el Cristo de la Agonía Redentora. Le han puesto un foco a unos 5 metros que ayuda a apreciar la expresión de su rostro. Tiene su efecto.

Por las calles de Salamanca circula una oruga vocinglera autodenominada “Salamanca Monumental en Tren”, un paseo que dura veinte minutos y que va muy rápida para permitir apreciar las cosas bonitas que hay… Pero yo escojo seguir caminando.

La Casa de las Conchas es una biblioteca pública, y no es tan bonita al natural como en los libros de texto de mi infancia.

Me tomo un helado en la Plaza Mayor, que a las 8 de la tarde está llena de gente, sobre todo donde hay sombra. Salamanca está a rebosar de turistas. Algunos de ellos son catalanes. La tuna toca en la Plaza Mayor durante una hora, y consigue agrupar a un buen número de curiosos.

MIÉRCOLES 9

Esto se está acabando.

Muy poca gente en la Plaza Mayor a las 9 de la mañana. Las calles, casi vacías, los cafés, silenciosos. En uno de la Rúa Mayor me bebo un café con leche y pido una tostada de aceite y un croissant de chocolate. 2,50 euros.

La Universidad es un sitio tranquilo. Además, el Campus universitario está fuera de la ciudad.

Junto al Puente Romano, modesto, hay una pista de atletismo. Había gente haciendo footing a las 11 de la mañana con el sol picando, lo prometo.

El Archivo General de la Guardia Civil era originalmente un hospicio de expósitos. Está estructurado en apartados: documentos sobre masonería o especial, documentos sobre lo político-social, documentos para la represión (1942-79), y documentos posteriores a 1979. No hay prácticamente documentos de la zona nacional. La función del archivo era facilitar datos para la represión, pero en el audiovisual se destaca que ha servido para dar retribuciones económicas a republicanos. Hay una exposición sobre la masonería, pero es algo tétrica, con documentos mal iluminados y con una sala donde se acumulan, de forma poco realista pero con voluntad de ser didáctica, todos los símbolos posibles con una locución como única guía. Pese a todo, el personal es amable y atento, dispuesto a entregar alguna fotocopia del material a la vista que se le solicite. Llegan unas chicas para hacer un trabajo de instituto. No escucho su pregunta, pero sí la respuesta del empleado o funcionario: “Aquí no hay del bando nacional, sólo hay documentos del bando republicano”.

Desde un locutorio pakistaní situado en la Plaza Mayor veo que mis notas son lo suficientemente buenas como para merecer el viaje. Magnífico.

Busco donde comer. En un restaurante recomendado veo que no ponen los precios en la entrada, lo que me hace sospechar. Así que voy a otro que es caro, pero al menos es honesto. Me pido unas patatas rellenas de bacalao y lechazo asado. Ante el calorazo tremendo que hay fuera, me pido agua para acompañar. De postre una crema de leche, con miel. Todo muy charro y bueno.

Me dirijo hacia la calle Van Dyck, en una zona nueva, perfectamente adaptada al tráfico motorizado. Muchos locales, algunos locutorios, dos cines multisalas donde prácticamente proyectan las mismas películas. Zona donde se mueve muchachada.

Parece mentira lo tranquilo que se está en el Campo de San Francisco teniendo en cuenta lo cerca que está de la Plaza Mayor. Hay una pareja de enamorados, algún abuelo paseador y docenas de pajaritos que cantan casi como en plena naturaleza.

Colas en las heladerías de la Plaza Mayor a las 19:30. Me pido un cucurucho de queso con mango, 2 euros. Un montón de jóvenes se sientan en el suelo de la Plaza Mayor. Si lo hacen por emular a los universitarios de antaño o si lo hacen de motu propio, no lo sé. Pero no es corriente.

A las 21 horas vuelvo a la calle Van Dyck. Ya no es una calle más. Todos los extractores de los locales huelen a trabajo a cascoporro. Montaditos con o sin piquillo, tapas y raciones de todo tipo. Muchachada y gente madura (ésta cerca del Paseo del Doctor Torres Villarroel).

Los tunos que he visto bajar desde cerca de la calle Van Dyck se dirigen a la Plaza Mayor en la que ha sido su esquina las dos tardes que he visto, la que está más cerca de Corrillo. No muy lejos, cerca de la Rúa Mayor, un guitarrista habilidoso saca las notas de “So What” de Miles Davis y otros temas de jazz. Encantador.

JUEVES 10

El taxi para llegar al aeropuerto de Matacán me vale 19,50 euros. Hay un autobús, de la compañía Huerta, que también te deja en el mismo sitio, pero llega un poco más justo. Claro que en la pantalla del aeropuerto sólo se marcan dos salidas, uno a las 10 y media y otro a las 6 y media, y los dos hacia Barcelona, con compañías diferentes (Lagunair e Iberia). Y no hay mucha gente, así que hubiera dado tiempo con el autobús a facturar y a pasar la tarjeta de embarque, pero claro, eso quién lo asegura… Una joven está en el mostrador de información, hace la facturación y recoge las tarjetas de embarque. Sólo le falta pilotar.

Y a la vuelta, el sudor. El bochorno. Eso sí, sigo pesando 74 kg.

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Vacaciones 2007: de visita con un smiley
Uno más en la Catedral de Santiago

Frente a la Real Basílica de San Isidoro

Junto al nuevo Carlos Tartiere

Se asusta de "Mamá", la araña junto al Guggenheim

Jugándose la vida en los jardines de Miramar, junto a la Playa de la Concha

A los pies del monumento al encierro

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(My Own) Sketches of Spain (2)
JUEVES 19 DE JULIO

Tras un cómodo viaje en avión, la primera impresión que me llevo de Bilbao es mi taxi abriéndose paso por el Casco Viejo a mediodía. Había mucha gente paseando y la escena tenía un punto temerario.

Tras un breve paseo, me siento en un restaurante de la Plaza Nueva justo antes de que el local se llene. Diversos aspirantes a comensales deben seguir buscando. Al atenderme, el camarero se desfoga ante mí porque unas clientas que habían cogido mesa dentro del local la querían fuera aunque la zona estuviera abarrotada, apremiaban para ser atendidas las primeras, y como les incomodaba váyase a saber qué, se marcharon. “Ya pasó”, casi le susurro. Me pido berenjenas rellenas de carne, txitxarros y vino, y sale bien de precio.

A media tarde el sol juega al escondite, y hay viento fresco un poco cargado. Sigo la ría de Bilbao por la cara del Ayuntamiento hasta las torres Isozaki. Se escucha el ruido de las obras que se están practicando en las fachadas de la cara opuesta a la ría. Un poco más allá, también me encuentro que están trabajando en el puente Príncipes de España. Sin saber muy bien cómo, me meto en un solar (en el que se está construyendo la futura Biblioteca Universitaria de Deusto) del que me cuesta trabajo encontrar la salida. Desde el interior de una caseta, tras una ventana enrejada, un supuesto vigilante me increpa por haberme metido en los terrenos de la obra sin casco. Ya podría haber llegado antes, ya, porque estoy a dos metros de la calle y voy claramente en dirección de irme.

Por la avenida Abandoibarra van atletas, skaters, cicloturistas, solos o en pareja. El viento arrecia. A las 18:20 llueven gotas finas con intensidad. Tras visitar la moderna terminal de autobuses, se me ocurre un loco plan: circundar Bilbao. Sobre el mapa parece claro: alcanzar la Avenida del Ferrocarril, llegar a la avenida Askatasuna Etorbidea… Algún bilbaíno ya podrá deducir el éxito de mi empresa.

Veía la inscripción “Masustegui” por doquier: en las pintadas de las fachadas, en los carteles, en las señales de tráfico… En una calle en la que debía girar a la izquierda había obras, así que opté por buscar dar la vuelta a alguna manzana por la derecha, y desde entonces no hice más que subir. Subir y subir, cuestas empinadas y escaleras inacabables entre casas humildes, calles solitarias, ladridos encadenados, melodías magrebíes. No lo sabía, pero estaba subiendo el Monte Caramelo. Al final del trayecto, eso sí, la excelente vista de Bilbao me reconforta al tiempo que me espanta: ¿cómo vuelvo antes de que el sol se ponga?

Pues con el autobús 58. Una conductora muy maja me lleva hasta Atxuri, pasando por zonas de conducción difícil: subidas y bajadas constantes, obras por todas partes, y algún jaleo causado por los usuarios de aspecto marginal. Puedo ir a recoger la chaqueta, que empieza a hacer fresquito tirando a frío.

Tengo hambre. Tras dar una vuelta por el bullicioso Casco Viejo y valorar que el estómago se quería dar una alegría, entro en un restaurante de la calle Jardines que va de exclusivo, al menos por los precios. Tengo la noche caprichosa y me pido una ensalada de queso brie frito, un bacalao en salsa de puerros y lo que llaman “chocolate a muerte” (“To die chocolate”), es decir, un postre que combina diferentes texturas de dicho manjar. Estoy flanqueado por parejas angloparlantes, jóvenes. Imposible no fijarse en la joven que tengo a 45º a mi izquierda: pelo moreno corto y rizado, porte de una joven Sofia Loren, cutis blanco marmóreo, labios empalidecidos y escote bañera. Se dirige a mí su amiga, en un castellano más que pasable: “¿está bueno?”. Se refería al chocolate que yo estaba devorando, claro.

Noche fría en Bilbao. Los murmullos han descendido en el Casco Viejo, la Plaza Nueva agoniza. Varios grupos de jóvenes parecen tener claro dónde van, pero para mi primer día ya he caminado bastante.

VIERNES 20 DE JULIO

A las 6 de la mañana he descubierto que estaba sudando. A las 8:45, más tarde de lo previsto, me levanto con unos fuertes calores. Aún las siento después de la ducha. En fin, motivación, y al Guggenheim!

Para un turista es poco práctico ir a buscar el ticket del tranvía en un cajero del BBK. Prefiero caminar, y me propongo no gastarme ni un duro en el invento, que nunca veo a rebosar, que digamos.

Frente al Guggenheim, 20 de julio


12,50 € de entrada. En el Guggenheim te dan un mando a distancia con auricular en el que te da la bienvenida Juan Ignacio Vidarte, subdirector del museo. No sé si es necesario explicar la obsesión infantil de Frank Gehry por las carpas que compraba su abuela y con las que jugaba en la bañera. Peñazo del subconsciente, oiga. Además, el mando es un incordio: casi te obliga a buscar por entre las paredes el número de la obra, cuando el primer impulso debería ser que la obra hablase (o no) por sí misma. Por si fuera poco, mientras camino, el armatoste brinca a la altura de mis olivas. No pasan ni 5 minutos y ya he decidido cargar con él pero mantenerlo inactivo. A mi alrededor hay todo tipo de público, pero hay una notable presencia de mujeres asiáticas entre 25 y 55 años.

Sigo un camino que tal vez no es el planeado por el museo, de abajo a arriba, de forma que primero veo la exposición de Anselm Kiefer y sus juegos de texturas y rugosidades. Me llaman poderosamente la atención el montaje “The Secret Life of Plants” (ramas, yeso, alambre, plomo y lienzo, en el que se ve unas plantas sobre unas imágenes tomadas de la NASA en las que se aprecia el nombre o número de algunos cuerpos celestes) y una escultura de libros de plomo (que no se pueden leer ni divulgan conocimiento). Ah, y también “Las reinas de Francia” (emulsión, acrílico, óleo, vidrio y plomo, mural oscuro y rugoso con marcos vacíos de reinas ausentes marcadas con sus nombres, desde Basine hasta Marie Antoinette). En global, desarrollo cierta simpatía por el tal Kiefer, me parece estimulante y me encantaría invitarle a algo si alguna vez tuviera la oportunidad.

Me muevo como un animal desatado. En la última planta están las estampas de Alberto Durero procedentes del Städel Museum de Frankfurt am Main. Viendo los grabados de Durero me alegro de no ser dibujante porque si no mi visita a Bilbao hubiera finalizado en el tercer piso del Guggenheim: tal es la bofetada de perfección que recibo. Detallismo, sombras, profundidad de campo, estudiada composición… El error viene de la propia exposición: los títulos de las obras están en negro sobre el fondo oscuro de la pared, y hay que forzar la vista para leerlos.

También hay una exposición titulada “Incógnitas”, un ensayo de una cartografía del arte contemporáneo en el País Vasco esbozada a partir de un cuestionario a 120 artistas. Por supuesto, me fijo en los títulos de libros, películas y CDs de las diferentes generaciones de artistas vascos. A más veteranía, menos títulos. Puede ser porque cuanto más mayor es uno mejor es capaz de definir qué considera esencial… o porque hay menos artistas, yo qué sé.

Tras más de 25 horas en Bilbao, veo la primera txapela. La casi única palabra que he oído hasta ahora en euskera es “AGUR”.

Decido comer en el Guggenheim Bilbao. Suena mucha música 60s y estoy encantado de la vida: “Mellow Yellow”, “Maggie’s Farm”, “Ticket to Ride”…Para comer, ensalada de manzana verde y ave, con matices de mostaza y acompañada de una mezcla de varias lechugas aliñadas, txipirones salteados sobre cebolla caramelizada y una pincelada de tinta negra, y mousse de coco con helado de plátano. Pago un poco más por un vino denominación de origen Rioja, que al fin y al cabo es peleón.

A la hora de sobremesa, me voy al Museo de Bellas Artes. Entrada: 5,50 €. Para empezar, “Kiss Kiss Bang Bang. 45 años de arte y feminismo”. La extensa bibliografía incluye, cómo no, a Virginia Wolf, Simone de Beauvoir, Valerie Solanas, y la cita más reciente es a Lourdes Méndez y su obra “La antropología ante las artes plásticas: aportaciones, omisiones, controversias”. Más que discurso, me llegan impactos: los centenares de mujeres vestidas de novia para una obra de Beth Moysee, el vídeo de youtube en el que un tipo le baja la falda o la camisa a diversas mujeres que pasean por la calle, las muertes de Ciudad Juárez (460, y más de 600 desaparecidas), las imágenes de Cut Piece de Yoko Ono en 1965 y 2003, las impresionantes fotografías de moratones en el cuerpo de Nan Goldin... En un momento veo imágenes de un vídeo subtituladas en catalán, pero han sido copiadas y pegadas de cualquier manera, porque las frases quedan incompletas. En todo caso, la idea general que extraigo es que la cultura patriarcal ha ocultado y minusvalorado la tarea y la creatividad de la mujer.

De la colección pictórica me fascinan varias obras. Por ejemplo, el “Retrato de dama en azul” (1920) de Raimundo Madrazo. La mujer mira a un lado, pero no está ausente, tiene determinación, quizá sólo un poco de cansancio. También el “Caín” (c. 1814-15) de Friedrich Rehberg. En primer plano, Caín se cubre la cara con los brazos, avergonzado o desesperado. En segundo plano, Adán y Eva rodean el cadáver de Abel. Y “San Sebastián curado por las santas mujeres” (1621) de José Ribera, y el “Retrato de la condesa Mathieu de Noailles” (1945) de Ignacio Zuloaga… Hay una obra invitada de Van Gogh, “Campo de trigo con perdiz”, pero he de preguntar varias veces por ella hasta verla. Soy el único que parece detenerse ante el Van Gogh, al menos a esa hora.

La zona de arte contemporáneo, desde mi punto de vista, se mueve entre lo indescifrable, lo obvio y lo romo. Tengo sensación de apelotonamiento. En la “Suite Vollard” de Picasso la luz es demasiado intensa y en algunos dibujos apenas sí distingo líneas y formas. En una obra hay dos bebedores catalanes: uno muy sombreado con barba, el otro apenas reducido a pocos trazos. Ambos, eso sí, con una barretina o similar.

Subo al Funicular para tener una vista parecida a la que obtuve el día anterior, pero casi justo desde el otro extremo de Bilbao. Unos paseantes comentan que hace 30-40 años no se veía la ciudad desde Artxanda debido a la contaminación. El mirador está junto a un parque donde abundan los sexagenarios que buscan tranquilidad. Y la deben encontrar, palabra.

Tras la excursión del día anterior y 5 horas de visita museística, tengo las plantas de los pies al borde de la insurrección. Vuelvo a la Plaza Nueva. Por los costados de Sombrerería y Correo se reúne la gente joven, y por el lado opuesto la clientela es más madura. Me voy con éstos y me zampo una selección de 8 pintxos y una caña. En el primero casi se me cae todo. Le voy cogiendo el truco y cuando llego al séptimo, el más aparatoso y complejo, la materia está dominada. Utilizo los dientes superiores como un rastrillo sobre la parte superior del pintxo hasta que éste ha reducido su dimensión de forma que pueda entrar en la boca sin dificultad.

Algo me está pasando en Bilbao porque hago cosas insospechadas. Con los pintxos aún recientes, me da por subir los 213 escalones de las calzadas de Mallona. Como vivo en un décimo piso, entiendo algo de subir escaleras. A mano izquierda, unos niños juegan en unos campos de fútbol y entonan canciones sencillas: “échale más gasolina, porque le gusta follar en la piscina / y en la cocina / donde hay harina…”. Ah, chiquillos, qué poco hemos cambiado…

De vuelta al Casco Viejo, los locales están abarrotados y las barras copadas con bebidas y conversaciones animadas en grupo. Una retirada a tiempo es una victoria.

SÁBADO 21 DE JULIO

No puedo entrar ni en la Iglesia de San Nicolás ni en la de los Santos Juanes. Vuelvo a subir los 213 escalones y, tras algún que otro equívoco, llego a la basílica de Begoña (la “Amatxu”). Es bonita, con la nave en cuesta arriba, una Virgen bien iluminada y con unos cuadros preciosos en las paredes laterales. Por citar algún fallo, las pocas indicaciones para encontrarla y el molesto hilo musical con fondo de carraca típico de los altavoces de iglesia.

Visito el Museo Vasco, donde se explica qué son los Fueros y lo que representa el Árbol de Gernika. Precisamente en el museo hay una exposición sobre el bombardeo de Gernika el 26 de abril de 1937, primer bombardeo masivo de población civil de la historia. En un artículo del Times del miércoles 28 titulado “The Tragedy of Guernica” leo la expresión “… completely destroyed yesterday afternoon by insurgent air raiders”. Por supuesto, Unidad utilizaba el titular “Nuestro victorioso avance hacia Bilbao”. Abren el claustro para mí, para que aprecie, además de la quietud del lugar, diversos escudos de armas. Subo al primer piso. Cerca de las muestras de alfarería vasca (el vidriado blanco), hay una buena colección de armas (pistolas, revólveres, escopetas, todas ellas inutilizadas, claro) del siglo XIX y XX. Los servicios de seguridad descubren la presencia de un fotógrafo furtivo (no está permitido el uso de cámaras) y le invitan a salir, y a rellenar una hoja si realmente quiere tomar fotos. En el apartado de los oficios, descubro qué son churras y merinas: son tipos de oveja importadas. Las autóctonas son carranzanas y bearnesas, creo recordar. Las razas del lugar son rasas navarresas (de las que se aprecia la carne) y latxas (seleccionadas por la lana y la leche). En el segundo piso se explica el origen de las villas vascas (la primera fue Balmaseda, en 1199: la condición de “villa” suponía la concesión de unos fueros o privilegios de autoorganización) y se expone lo que se ha encontrado en diversos yacimientos que permiten conocer elementos del modo de vida de los ancestros de la tierra. Me sorprende una inscripción que viene a decir que en los siglos IV y V d.C. la gente vuelve a habitar cuevas, “quizá por inestabilidad política y social” o algo así.

La iglesia de San Antonio Abad, cerrada, está junto al mercado, que huele a pescado en sal. En su día, pienso, no estaba mal montado el negocio, pero me pregunta a qué olería en misa… El olor viene del piso de abajo, algo menos concurrido que la planta de la carne y las verduras, pero con bastante trajín y movimiento. Busco el típico bacalao, pero me cuesta, hasta que lo veo por 7,50 €. Lo que más se ofrece es salmón, lubina, bonito y cabracho. Un espacio para el desalado del bacalao está inactivo.

Me había apuntado un restaurante al que ir, un poco alejado del centro, pero al llegar me encuentro con la puerta cerrada y la nota avisando que hasta el 13 de agosto no volverían. En fin, inicio el camino de retorno al Casco Viejo y me planto en el primer restaurante que me parece atractivo Pido berenjenas rellenas de atún y gamba en bechamel de emmental, bacalao con refrito a la bilbaína sobre cama de patata panadera a la txakoli, y una mousse de chocolate blanco. Objetivo cumplido.

Sobre las 17:30, cerca del Teatro Arriaga hay una actuación en directo de una banda que toca ese sonido tan identificable con la música popular moderna vasca mezcla de rock duro, ska y gritos a lo Def con Dos. Prefiero pasear un poco por la zona del Ensanche, repleta de actividad. Tiro el mapa y camino por Diego López de Haro. Llego hasta las proximidades del Euskalduna, y decido que no me apetece una cena potente en el Etxanobe. Subo por las escaleras del Guggenheim con un estilo alegre patentado para subir escalones distantes, bastante espectacular y rápido.

De noche, las voces te guían. A base de txiquiteo, pintxos y rondas cerveceras, la gente está en un lugar hasta que se cansa y se va a otro local. Nada que ver con la práctica barcelonesa, donde con frecuencia la vida nocturna se basa en locales donde pagas por entrar, lo que ata más al personal y perjudica la renovación de caras. La calle Jardines y la calle del Perro son auténticos hormigueros.

DOMINGO 22 DE JULIO

Dosis generosa de churros con chocolate, 3,90 €. Taxi desde el hotel hasta el Termibús, 5,80 €. Bus de Bilbao a San Sebastián, 8,95 €. Es increíble cómo vuela el dinero en verano. Saliendo de Bilbao se ven carteles junto a la autopista: “Ruidos no”, “Autopista fuera”, “Basta de engaños”. La carretera pasa entre pequeños montes en los que los muros de contención son conquistados por el verde, por ramas con impulsos suicidas. El autobús PESA chirría y el piso de la autopista castiga los amortiguadores. Zona de túneles. Cerca de Donostia los márgenes están levantados, removidos, hay piedras y barro informe de obras abandonadas.

Me doy cuenta de que falta poco más de una hora para que cierren el Museo de San Telmo, que no abre en lunes. Al grito de ahora o nunca, atravieso corriendo el Paseo de la Concha por el carril de los ciclistas, del que me tengo que bajar con frecuencia: es domingo y hay muchos. Al llegar hay un mensaje que avisa que se ha cerrado por el avance de las obras de rehabilitación y ampliación. Justo desde ese mismo lunes. Ofrece, eso sí, la posibilidad de citas concertadas en grupo de mínimo 6 personas. Pues nada, se avanza la hora de la comida.

Ensalada con tomate con anchoas en salazón, txangurro al horno a la donostiarra, y ensalada de frutas con gelatina de txakoli. Para beber, vino blanco Palacio de Otaza. Todo muy bueno, precio elevado.

Comparada con Bilbao, en Donostia hay mucho más espíritu reivindicativo de lo vasco. Los padres riñen a sus hijos en euskera, hay gran diversidad de carteles reclamando la unidad de Euskal Herria.

Tanto la iglesia de San Vicente como la de Santa María están cerradas. Tras darme una vuelta por el Kursaal, decido dar la vuelta y pasear por la playa de la Concha como está mandado. Muchísima gente a las 5 de la tarde aun con tiempo nublado. La arena es ideal para la práctica del deporte: lo suficientemente firme para facilitar la verticalidad, lo suficientemente maleable para poder caerse sin hacerse daño o estirarte a gusto. Muchos barcos de recreo en la bahía, cerca de la Isla de Santa Clara.

El Peine de los Vientos está concurrido como un mercadillo. El mar está algo picado. El murmullo del oleaje y la amabilidad de la temperatura, sin embargo, lo convierten en un lugar muy agradable. No es fácil hacer una buena foto de él, puesto que para enfocar el horizonte el muro de piedra está demasiado cerca y la estatua que tiene el mar de frente es la menos reconocible. Por suerte, un mexicano (creo) con conocimientos de gastronomía y arte me hace una foto atractiva.

Junto al Peine de los Vientos en Donostia, 22 de julio


Curiosamente, es visitando los jardines Miramar que percibo por primera vez el olor a mar salado y que detecto la ausencia de avechuchos costeros. El parque es maravilloso, no sólo por la vista de la Playa de la Concha y la de Ondarreta, sino por los jardines en sí, auténticas alfombras verdes con virutas de hojas caducas. Tumbarse a la bartola allí es ideal, aunque el trinar de los pájaros no es suficientemente intenso para vencer al ruido de las motos y coches de las calles próximas. Y en esa especie de rabo de “9” o cola de gato rocoso que está junto al mar concibo varias fórmulas para declararme. Todas ellas me parecen insuficientes, pero el lugar merece la peregrinación de los cursis con clase.

Tras un nuevo recorrido por el Paseo de la Concha, que me encanta, me fijo que hay mucha gente con helados. Saco uno de una máquina expendedora. En alguna habitación del hotel, alguien ha telefoneado a Telepizza. No me lo puedo creer.

LUNES 23 DE JULIO

No me costó mucho asumir que el plan que había diseñado a lo largo del Paseo la noche anterior se iba al triste. Amanecer lluvioso en Donostia. Un poco contrariado, rompo mi costumbre de NO desayunar en el hotel. El ascensor se abre en una planta intermedia y aparece una joven con vestido rojo. De entrada, me pregunta: “Baixa?” en perfecto pijo-catalán. Mi “sí” suena afirmativo, y un poco seco. Fíjate tú: quién se lo iba a decir que la entenderían… su acompañante estaba algo perplejo, pero nada dijo.

Voy al estadio de Anoeta. Subo el paseo Pío Baroja a buen ritmo bajo una lluvia cada vez más intensa. La acera se va estrechando. Mi paraguas y yo tenemos que esquivar cada farola porque no cabría un spaghetto de canto. En el suelo hay hasta una piedra del tamaño de una cabeza. Decido esperar un rato bajo una marquesina, pero a cubierto casi me mejo más. Veo en el mapa que estoy en la Rotonda de Lazkano, así que continúo.

Decido entrar en el centro cultural que hay adosado en Anoeta, mientras la lluvia escampa. Lo primero con lo que tropiezo son con ejemplares de “Rayuela”, “Ulises”, “Guerra y paz”… en castellano. La sección infantil, por ejemplo, sí que está llena de libros y CDs en euskera. El apartado de novela (Eleberria) mezcla indistintamente títulos en ambos idiomas. En el apartado de CDs, no queda nada de Mikel Laboa. Al salir, veo que puedo cerrar el paraguas, pero el sol continúa en huelga. Sigo el curso del río Urumea para llegar desde la plaza Pío XII hasta la Parte Vieja.

Como muy bien. Un timbal de langostinos y aguacate con vinagreta de hierbas frescas, un espectacular arroz cremoso de setas y hongos con crema de foie, lomo de bacalao atemperado con crema de patata ahumada y, cómo no, chocolate en texturas. Vino blanco Viñas del Vero Chardonnay, DO Somontano, notable.

A las 14:30 el sol ya está colgado. Como zapatos, calcetines y pantalones necesitan algún retoque tras la lluvia, vuelvo al hotel. Por cierto, ¿qué sonaba en las recepciones antes de “Shiny Happy People”? Aprovecho para ver una etapa del Tour en la que Haimar Zubeldia tiene un papel muy destacado, hecho que será comentado por los bares y por la gente tumbada en la arena a lo largo de la tarde.

Hay más espacio disponible en la playa. Se forman grupos para jugar a fútbol. Se delimita el terreno con el talón (el piso está algo endurecido por la lluvia, la huella del pie se limita al dedo gordo y poco más), y a jugar! Yendo a un ritmo tranquilo, se puede pasear por la playa de la Concha, ida y vuelta, en unos 45’. Me siento en una piedra mientras me limpio algo los bajos de mi pantalón (sí, el que fue con tejano oscuro ese día fui yo, para no enseñar la herida de la pierna izquierda del Summercase (leer aquí)). Justo en ese momento, un tipo saca la raqueta de playa y una pelotita y practica el frontón cada vez más cerca de donde estoy yo. Decido ir a cambiarme y comerme unos pintxos.

Tras caminar un poco sin criterio, y estar a punto de detenerme en alguna euskotaberna, doy con la Plaza de la Constitución. Como en la Plaza Nueva bilbaína, los bares tienen terraza y los críos juegan. Me pido una caña y varios pintxos. Entre otros, de riñones a la plancha y brocheta de carne moruno, para los que me dan un botecito de tabasco, condimento picante que me aconsejan que use con moderación. Compruebo que podía haber servido de inspiración para el nombre del grupo The Flaming Lips.

De noche el paseo es grato, pero una nube pasajera arroja todo en el inicio de la calle por la que transito, y a la altura del número 11 ya ha parado. El tiempo lo parece guiar la ruleta de la fortuna.

MARTES 24 DE JULIO

Hay 3 autobuses de la Roncalesa en la estación de Pío XII. Uno de ellos me llevará a Pamplona. La estación es estrecha, incómoda y un poco caótica. Efectivos de la Policía Nacional vigilan y esperan acontecimientos. En el trayecto, hay momentos en los que la niebla apenas deja ver los contornos de los montes, hay lluvia, hay sol… Y la tierra empieza a amarillear.

La mejor comida de todas mis vacaciones, sin duda alguna, tiene lugar en el Catatxu pamplonica. Arroz semicaldoso con kokochas de bacalao y gambas, manitas de cerdo en salsa “al estilo de mi abuela” y tarta de queso, a un precio sin parangón.

El trecho caminando hacia el Reyno de Navarra, antiguo estadio de El Sadar, es demencial. En parte porque en un desvío me equivoqué de dirección y di un rodeo mucho mayor del que era necesario. A medida que me iba acercando, las indicaciones de los transeúntes fueron más precisas (a 1,5 km, a 1 km…, alguien dijo no sé qué de una tienda de embutidos que no vi nunca). Paseo junto a un buen puñado de espacios ajardinados, algunos incluso boscosos. Cuando llegué a avistarlo finalmente, lancé una expresión de júbilo y triunfo. Tan solo hay unas pocas casas alrededor del estadio. Deduzco que debe haber alguna parada de autobús por allí cerca, y efectivamente, encuentro la línea 5. Me apeo en la Bajada de Labrit, y subo en dirección al Casco Antiguo.

Caminando desde los corralillos hasta la plaza de toros, a buen paso y sin hacer adelantamientos agresivos, tardo 9’49”. La cuesta de Santo Domingo es bastante empinada, como mi calle, que tiene un 10% de desnivel. Llego al cruce con Mercaderes a los 3’46”. Y Estafeta se hace eterna…

En la calle de la Estafeta de Pamplona, 24 de julio


Llego a la conclusión que Pamplona no se ve en un día. Me olvido, pues, de monumentos y murallas, los dejo para otra ocasión, y deambulo un poco. Me tomo unos pintxos en la Plaza del Castillo. Pido dos porque tenía poca hambre, pero en este caso resulta que el tamaño sí importa: son enormes.

Esa noche me voy al Civican. Un local muy bien situado, con césped en el exterior, coqueto. Una vez dentro, sin que nadie me salga al paso, tomo asiento frente a una estrecha pared blanca donde se proyectará “El circo” de Chaplin, con interpretación al piano en directo. La gente reía y reía como en el show final de “Los viajes de Sullivan”. Al acabar, merecidos aplausos.

MIÉRCOLES 25 DE JULIO

En la Plaza del Castillo hay actividad por la mañana, pero de los servicios de limpieza. Tardo en encontrar un lugar para desayunar un cortado y un croissant. En todas las ciudades a las que he ido este verano me han servido la bollería con cuchillo y tenedor.

El día es muy soleado. Tras 50’ de carrera de obstáculos (como en Donostia, ser peatón parecía ser un pecado), llego a la estación de Pamplona. Si allí tienen un puesto de periódicos, debe ser clandestino. Suerte que tengo un buen libro.

El TALGO sale puntual. Me como un bocadillo de bacon-queso, del que puedo dar fe que olía a lo que se había pedido, pero sabía a váyase a saber qué. Tras terminar el libro, busco los auriculares para escuchar lo que se proyecta en el monitor del vagón, una película sobre un profesor que enseña bailes de salón a alumnos conflictivos. Mi incapacidad para utilizar los auriculares es tan manifiesta que aparece una niña de no más de diez años de algún lugar desconocido y maravilloso para toquetear todos los botones hasta que le digo que, finalmente, podía oírlo todo bien. Estoy tan sorprendido que no recuerdo haberle dado las gracias. Seguramente lo habré hecho. Durante la última hora de viaje, una joven vasca decide retransmitir en directo el acercamiento del tren a Barcelona, para que se entere un amigote que debe ser gilipollas a la vez que un pelmazo, y de paso todo el vagón. El TALGO llega puntual a la estación de Sants. Esa noche duermo en casa. Al desvelarme a media noche, tardo unos segundos en reconocer en la oscuridad a mi propia habitación.

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Vacaciones (lp version)
Ya están escritas las redacciones vacacionales. Sólo he de colgar unas fotos más. Mientras tanto, elija su propia aventura:

Si viajas a Bilbao, Donostia y/o Pamplona, pincha aquí.

Si te interesan Santiago de Compostela, León, Oviedo, Gijón o Santander date un paseo

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2007: (My Own) Sketches of Spain (1)
MIÉRCOLES 4 JULIO

Una vez dentro del avión, unos enormes ojos claros de mujer bajo una frente de piel morena miraban en mi dirección mientras yo buscaba mi asiento. Durante unos segundos, deseé coincidir al lado de esos ojazos. Y mis cálculos cada vez eran más optimistas, ya que parecía que me tocaría justo ese asiento… y así fue! Ella tenía entre 13 y 14 años, sin embargo, me di cuenta al identificar mi asiento. Mi consuelo fue que fui de los más rápidos en darme cuenta del error, otros no tuvieron esa vista… Ya al salir, la niña me preguntaba ¡a mí! cuál era la cinta por la que salía su equipaje. Ni idea, es la primera vez que vengo a Santiago de Compostela.

Un taxista me señala la futura Ciudad de la Cultura en construcción: “se está retrasando por el nuevo gobierno”. Se ve que se finalizará en el 2010, supongo que cara a las próximas elecciones autonómicas. Lo que me da a entender es que el bipartito gallego no se ha tomado el proyecto del gobierno anterior con cariño.

A las 17:30 en Santiago se oyen los gritos animados de los turistas, el martillo neumático de unas obras cercanas, y un gaitero que toca bajo un sol inmisericorde en la escalinata de la Plaza Quintana. Lo mismo vale para los tres: ya son ganas. Con las campanadas de las 18 horas de la Catedral, los ventanales vibran y los pájaros se despiertan. El aire fresco y dulce de la tarde comienza a serenarlo todo.

Apenas llevo media hora en la ciudad y ya he encontrado una oficina de turismo, en la que me dan un mapa. Esta práctica la llevaría a cabo durante los días siguientes, excepto en Santander. Ya veremos por qué.

Esquivo sin disimulo a una encuestadora de “El Correo Gallego” que detiene a una pareja enfrente mío. Cada vez que entro en la zona vieja tengo la sensación de una zambullida, tal es la diferencia de movimiento con lo que la rodea. Me llama la atención durante la primera tarde la casi nula presencia de pintadas en las paredes. La primera la encuentro al cabo de una hora, en una de las calles que conducen a la Universidad: “o vosso progreso, a nossa miséria”.

A esta hora sólo hay turistas y vigilantes. El de una casa-museo reconoce mi acento catalán. El del Pazo de Raxoi me indica que el presidente (nota: Emilio Pérez Touriño, socialista) “aquí recibe poco, sólo cuando viene una autoridad”, ya que donde recibe normalmente es en el Monte Pío. Camino un poco y me como mi primera ración de pulpo gallego en la Rúa de Franco, en una especie de terraza que los edificios rodean amorosamente, aislada del sol y con música de dúo de violín y contrabajo, interpretando clásicos populares. Eso sí: pulpo y refresco, 9,70 euros.

En Santiago aprecio por primera vez el mal ambiente que hay entre RENFE (o Adif) y los Ferrocarriles de Vía Estrecha (FEVE). Un primer recorrido que se me había ocurrido, que funcionaba sobre el papel, era claramente desaconsejado por los de RENFE porque los de FEVE me harían ir horas y horas, y me sugerían que fuera a León (6 horas de viaje) y después a Oviedo (2 horas más). Por esta vez, decidí hacerles caso: tampoco he estado nunca en León.

Mi primera cena en Santiago es ligera: caldo gallego, unas almejas al limón, un trozo de tarta con aroma de orujo y media botella de Condes de Albarei (albariño del 2005, fresco, ligero, grato al paladar). Me costó entrar en un restaurante, tras dar un largo paseo entre inacabables cartas de precios densas como el BOE, así que entré en el que oí chocar más platos. Y punto. Era caro, sí.

JUEVES 5 DE JULIO

Tomándome un chocolate con churros leo en portada del Correo Gallego: “las jóvenes parejas compostelanas acogen bien la medida para impulsar la natalidad, pero prefieren antes que el dinero mejore políticas sociales con más guarderías y ventajas laborales para conciliar la vida familiar”. Es el eco lejano del Debate de Política General en el Congreso de los Diputados: el “cheque follen”.

En el Monte do Gozo - 5 de julio


Subo al Monte do Gozo. Allí hay un albergue para peregrinos al que me daría miedo aventurarme de noche. Atravesándolo, llego a la estatua del peregrino que corona la cima, y puedo constatar que, entre los árboles y los edificios, no distingo la Catedral. ¿Dónde está aquella máxima que dicta que el monte recibe su nombre de la sensación que experimentan los peregrinos al ver por primera vez la catedral compostelana? Decido hacer los 4 km aproximadamente que separan el Monte de la Catedral. En el trayecto, no me doy cuenta de unos desniveles que hay, el pie izquierdo encuentra el aire y doy con mis huesos en el suelo. Si hubiera habido un escalón, ahí acababan mis vacaciones como mínimo. Es un desnivel desprotegido, pero es limpio, y mi cuerpo, sin que fuera yo consciente, manda las órdenes correctas y amortiguo la caída con brazos y piernas. Un hombre me ha visto caer y corre en mi auxilio, pero no hay de qué preocuparse: no hay nada roto y de ninguno de los rasguños mana sangre que un humilde pañuelo no pueda tapar. Sigo de lejos a unos peregrinos, pero al ver el desvío al campo de fútbol de San Lázaro no puedo evitar cogerlo: al fin y al cabo, también es un templo. Está algo distanciado del centro de la ciudad, pero hasta allí se acercan unos chavales uniformados a jugar. Al perder el paso de los peregrinos, llego a la catedral por mis propios medios y orientación. Cuando, a poco de llegar, oigo el sonido de la gaita que me orienta definitivamente, siento una íntima emoción de júbilo: no quiero saber qué sensación hubiera experimentado al hacer el camino entero.

De la Catedral, qué puedo decir que no se haya dicho ya: que el botafumeiro estaba en el museo, y que me llamó la atención la cantidad de religiosos presentes tras el altar, una imagen demasiado solemne para un jueves de julio. Acostumbrado como estoy a las misas en semi-monólogo, me parece un despilfarro de santidad, pero hay fieles por todas partes, así que por algo será.

En el Parador Nacional junto a la Plaza del Obradoiro sirven el menú del peregrino: los que han hecho el camino de Santiago lo piden, y los 10 primeros tienen la oportunidad de comer junto al personal del Parador lo que coman ellos. Como los peregrinos no gastan zapatos, pido comer en el restaurante y punto. Sólo de recordar lo que comí se me hace la boca agua: mousse de salmón y queso como entrante, crema fría de patatas y puerros con brocheta de berberechos al vapor, unas vieiras hechas en su concha que ya forman parte de mis mejores sueños, y unas filloas rellenas de compota de manzana y crema caramelizada. Me apetecía un Ribeiro, pero no quedaba y me tuve que contentar, nuevamente, con la botella que ya conocía de Condes de Albarei. La broma me debió salir alrededor de los 50 euros, pero éstos sí los di por bien pagados.

Los acentos nórdicos (de Europa) toman la ciudad. Sobre las 20:00, topo con una orquesta en mitad de la calle, con predominio de viento y percusión, de ésas que no permiten aplausos entre tema y tema. De noche voy a cenar a un local barato y sin pretensiones que encuentro extraño entre tanto mar de eurazos la ración. Algunos jóvenes pasean por las calles de la tranquila noche compostelana. Ya en la cama, me desvela ligeramente un ruido como de verbena.

VIERNES 6 DE JULIO

Me despierta antes la campana de la catedral que el servicio despertador del hotel. Una vez en la calle, no es que esté lloviendo: las gotas de agua son mecidas por el aire, como dientes de león, hasta que toman contacto suavemente. Me dirijo a la estación de RENFE, donde los que llevan cayado ganarían un referéndum. Cojo el tren con destino final a Hendaya. El camino hacia Ourense está repleto de túneles y bosques de un verde que agrede. En las proximidades de Astorga aprecio los primeros campos de cereales y terrenos cercados que conforman mi imagen del terruño castellano. Del verde al amarillo.

Cerca de la estación de León aprecio mucha obra nueva, gran parte de obra vista. Pisos de 55-60 millones cerca de El Corte Inglés. Todo nuevo. Me cuentan que la ciudad se está volviendo cara, y las parejas jóvenes se van a la periferia de la ciudad. El progreso es cruel con los ancianos, y sádico con los jóvenes.

Sin haber soltado la bolsa de viaje, como en el primer restaurante que me acoge. Me sirven un Marqués de León del 2004, del que me acuerdo aunque no debería. A las 4 de la tarde no es la mejor hora para encontrar donde dormir cara a esa misma noche en mes de julio, pero encuentro un hostal modesto espléndidamente situado junto a la Catedral. Una vez despojado del peso, salgo al encuentro de ese edificio donde no dejan entrar cámaras de fotos. No más de una veintena de turistas presentes. Me fijo en la Capilla del Santísimo, con un cartel a la entrada, “aquí se entra sólo para rezar”, que dice mucho de lo que son los monumentos religiosos de hoy día. Por cierto, sólo hay una mujer dentro. Cuando empiezan a llegar grupos de turistas y escolares (que si el rosetón es del siglo XIII, que si en la catedral se aprecia la idea medieval “de la tierra al cielo”, y blablablá), no resisto más y me voy.

Frente a la Catedral de León - 6 de julio


Si alguien quiere recogimiento, lo mejor que puede hacer es ir a San Isidoro, que demuestra que la espiritualidad no está reñida con unas dimensiones humanas. Algo de mi antigua formación cristiana se agitó en ese lugar, lo que prácticamente debería entrar en la categoría de milagro.

En León las calles tienen mucha vida. Hay muchas terrazas abiertas, la gente se saluda con frecuencia, tratan muy bien a los turistas… En los bares te dan una tapa hasta pidiendo una humilde botella de agua (en mi caso un poco de pisto y un salami, cada uno con su pan). Eso sí, a las 20 horas todavía el sol da mazazos. En todo caso, en el centro de la ciudad apenas dejan pasar coches: es un pueblo grande.

En la concurrida plaza de San Martín hay hasta varios top-manta. Lugar ideal para pedirme una ración de embutidos y una botella de vino del Bierzo (Mencia), un vino Otero Santín. Un tinto que entra bien, ni punto de comparación con el caldo terroso que me había bebido ese mismo mediodía.

SÁBADO 7 DE JULIO

A las 7 de la mañana oigo las dulces campanadas de la Catedral de León y los berridos de unos peregrinos del Camino de Santiago algo alegres. A las 8:45, la ducha fría tiene efectos devastadores en mi sueño y en los dolores de la caída en Santiago: al apagar el grifo, ambos se han ido por el desagüe. A las 9:20, mientras me visto, en la habitación de al lado hay ruidos de sexo: crujir de muelles, gemidos de placer, básicamente de ella.

En el trayecto a Oviedo, hay nubarrones amenazadores como soldados de la noche conjurados a no abandonar su puesto, aun con la mañana avanzada. ¡Y yo había escogido una camiseta fina blanca para pasar el día! Empecé a pensar que haberme llevado en la bolsa de viaje sólo dos suéteres finos de manga larga era una idea arriesgada. Me cuentan que esa mañana en Asturias está orbayando, es decir, cae lluvia fina y hay un poco de niebla.

A la hora de comer sólo quedan unas gotas que caen desmayadas, con poca intensidad. Me siento en la tranquila Plaza Trascorrales. La idea de comerme un chupa-chups de pulpo (algo así como una brocheta con salsas de resonancias orientales cuyo nombre he olvidado) está a un paso de seducirme, pero prefiero una degustación de menú asturiano. Hoy ejerzo de turista. En una terracita ponen música de salsa-chillout. Para beber, vino rosado Señorío de Ayanz, DO Navarra 2006. Es agradable, el mejor vino del viaje hasta la fecha, seduce al paladar y se queda. De comida, pastel de cabracho, fabada asturiana con su compango de Tineo (me comí más del doble de lo que como normalmente y aún sobró algo), unos escalopines de ternera asturiana al Cabrales y un arroz con leche acompañado de un frixuelo relleno de manzana. Creo que me salió por unos 22 euros, sin duda la mejor comida de la semana.

Tras el altar de la Catedral de Oviedo, en la curva corta del ábside hay tres horrendos hologramas, imágenes que sólo se ven bien según una posición adecuada de la luz. Justo cuando iba a fotografiar una, se apagaron. Estaba a punto de empezar una celebración, y desde megafonía se instaba a las visitas turísticas a que se marcharan. Un órgano toca vaya a saber el qué ante un centenar de personas, sobran cámaras y faltan protagonistas. Llega un coche muy lustroso. Los hombres mayores comentan que la novia está muy guapa, y las mujeres mayores que está muy fea. Ella no viste de blanco.

Frente a la Catedral de Oviedo - 7 de julio


Aprovecho para hacer una llamada al Ayuntamiento de Oviedo: ¡pongan los campos de fútbol en los planos de la ciudad y, con urgencia, cambien el modelo de las placas de las calles! ¿Acaso se las encargaron a un cuñado? ¡Están mugrientas y no se distingue el nombre del fondo! La mayoría de los que me encontré, más que guiarme al Carlos Tartiere, me perdieron. Creí encontrar la salvación al ver una calle de cuatro carriles, dos en cada sentido de la marcha. Pero nadie parecía saber dónde estaba (“ay, no lo sé, mira que paso por aquí siempre, si vivo al lado…”). Tuvieron que pasar varios jóvenes, abuelos, hombres, mujeres, hasta que el sexto fue capaz de decirme que estaba en la Avenida de los Reyes Católicos. Si lee esto un ovetense, igual ya se ha dado una palmada en la frente…

En el bulevar de la sidra, en Gascona, me parece mentira la cantidad de líquido que se puede tirar al suelo con el proceso del escanciado. Casi me parece una falta de respeto al producto. En un local me cobran 20,80 € por una botella de sidra y un pastel de cabracho, lo peor es que yo ya me iba, con cara de extrañado, hasta que vino a buscarme un camarero para decirme que se habían confundido de mesa. Entre unas cosas y otras, empecé a pensar que lo mejor que me podía pasar en Oviedo era que no me atropellaran. Por cierto, mucha inmigración sudamericana y subsahariana, señal inequívoca de que la ciudad prospera.

Parte médico: quemazón en la parte izquierda posterior del cuello, remitiendo poco a poco. Magulladuras de Santiago ya desaparecidas. Empieza a salir una ampolla en el dedo gordo del pie derecho. Hasta mi cama llega el ritmo inconfundible del reggaetón.

DOMINGO 8 DE JULIO

Me levanto algo tarde para lo que estoy acostumbrado. Nuevamente, el objetivo es el Carlos Tartiere, que me cae lejos, pero pasito a pasito. Subiendo por la Avenida Galicia, a mano izquierda, me fijo en un pintoresco edificio que no sale en el mapa: resulta ser el futuro Auditorio de Calatrava en construcción. Desde lejos, parece un rastrillo. Cuando llego finalmente al campo, éste es un lugar solitario en el que resuenan los peloteos de un campo de tenis colindante. Claro, hoy es el día de una nueva final Federer-Nadal en Wimbledon. Volviendo sobre mis pasos, un coche se detiene ante mí para preguntarme dónde está el hospital, duda que no puedo solucionar al no ser de allí, pero que me demuestra que no sólo los peatones, sino también los conductores van desorientados por la ciudad.

La lluvia me sorprende bajando por la Avenida Galicia. Hago todo el camino hasta la calle Joaquina Bobela sin perderme, pero el trayecto es largo y para protegerme sólo llevo una gorra. La lluvia cala mi suéter por fuera, pero éste resiste y cuando llego al hotel mi piel está relativamente seca.

Me voy a un restaurante-sidrería en la parte de arriba de Gascona, donde la noche anterior había una larga cola para entrar pero que ahora está prácticamente vacío. Es domingo, llovizna y encima corre Fernando Alonso el GP de Inglaterra, creo. Pido un menú “Oviedo tiendas” consistente en Queso de cabra no chapa con tomate, cazuelina de setes y gambes, medallones de carne roxa al afuega’l pitu, y casadiella y frixuelu rellenu de manzana. La cazuelina es especialmente deliciosa, servida en cuenco de barro y aún con el chup-chup, mmmm… La botella de sidra es de Trabanco, mucho mejor que la que me sirvieron el día anterior. “¿Quieres un culete?, lo debes beber de un trato o se te va el sabor”, insiste un camarero servicial.

Alonso llega en segunda posición y no hay ningún tipo de reacción especial en la calle. Como hay pocos locales abiertos, básicamente rellenos de turistas y el día está así como un poco plomizo, decido pasar la tarde en la habitación del hotel viendo la final Federer-Nadal. Quizá el mejor partido que he visto entre estos dos rivales, pero éste precisamente no lo tendré en vídeo en casa, cachis. Menos errores y más puntos bonitos de los que nos ofrecen habitualmente: notable espectáculo.

Más allá de las 7 de la tarde aún tengo tiempo para descubrir la Plaza de Fontán, que me pareció una pre-cio-si-dad. En medio de una ciudad que tiende al gris, una explosión de color y buen gusto. Un tesoro.

LUNES 9 DE JULIO

“Ando revuelta como el tiempo. Al que me diga que necesita agua para su tierra le pego un zambombazo que lo dejo tieso”, dice una mujer en un bar. Definitivamente, el frío y la lluvia del fin de semana en pleno mes de julio no es del gusto de los ovetenses. En lunes por la mañana, mucha actividad y abundante tráfico en Oviedo, pero yo me voy a Gijón!

Cómo marean estos asturianos. Después de dar tres veces la vuelta a la playa de Poniente para localizar una oficina de Turismo siguiendo sus indicaciones, he decidido ir por libre. Tengo la suerte de meterme por el barrio pesquero de Cimadevilla. Muy bonito, repleto de bares y restaurantes. Aquí no tengo manías: el primero en el que me ofrecen una mesa. Camino hacia el Elogio del Horizonte, monumento de Chillida en lo alto del cerro de Santa Catalina. Allí hay gente tomando el sol. La visión desde lo alto es magnífica.

En el Elogio del Horizonte de Gijón - 9 de julio


Veo a varios skaters frente a San Pedro, y también los veré al día siguiente en Santander. Parece que por aquí vuelve a estar de moda.

En la playa de San Lorenzo la muchachada se sitúa cerca del mar, mientras que los que toman el sol casi se empotran contra la valla del extremo de la playa opuesto al agua. Por la Avenida del Molinón hay una gran concentración de gente y de paradas para celebrar el veinte aniversario de “La semana negra”. Destaca un puesto en el que un tipo armado con un megáfono vende su producto: “los libros imprescindibles de la ilustración americana por tan solo 15 euros. No se vayan de largo porque se arrepentirán de haber dejado pasar de largo esta oportunidad”. Nada comparable, pues, entre el estadio del Molinón y el resto de los vistos durante el viaje: aquí hay vida y ciudad.

Un paseo por la playa permite comprobar que el agua forma pequeños grandes charcos en primera línea de mar. Los niños pequeños aprovechan para chapotear y hacer pequeñas construcciones de arena embarrada. En segunda línea, la pisada apenas deja marca. Es junto a la valla que la arena es convencional, lo que explica plenamente la ubicación de la gente que vi en un primer impacto. Aún me faltaba otro detalle del que me enteré a la noche: la marea subió hasta casi tocar la valla.

En Cimadevilla se oyen las gaviotas y otros avechuchos marinos. También hay palomas. Y entre todas, las calles están llenas de los blancos efectos de sus bombardeos.

En una televisión local se preguntan “¿Qué aporta la semana negra? Es para lectores o sólo para turistas? Será la semana que viene”. Mi opinión es que espeluzna a los primeros y ahuyenta a los segundos, si le sirve de algo.

MARTES 10 DE julio de 2007


Vuelvo a llevar zapatos. En Asturias me dejé las suelas de las zapatillas deportivas (una fue cediendo en la calle Gascona de Oviedo, la otra se desprendió sin mayor resistencia junto a la Playa de San Lorenzo de Gijón). Por cierto, en esta playa el sol y el viento me requemaron la cara.

La operación “fuga de Asturias”, con madrugón y trasbordo rápido en El Berrón, no tiene más contratiempos. Eso sí, he preguntado a los usuarios de FEVE 20 veces como mínimo: nulos paneles, personal ferroviario no fácilmente visible.

Tras 5 horas de viaje en tren circulando entre un verde violento, no encuentro taxis en la parada a la salida de la estación de Santander. Después de un leve paseo, aprecio que la policía municipal desvía el tráfico en algunas calles y hay algunas vallas. La gente copa el perímetro del área de seguridad y murmura que hay una amenaza de bomba en la parada de autobuses. No sé a qué esperan, la verdad. Yo he de dejar las cosas en el hotel, que ya es tarde, y buscar dónde comer. Hay muchos bares y cafeterías por la costa, pero pocos restaurantes. Entro finalmente en uno que tiene menú, pero me siento por error en la zona reservada para sándwiches y fritangas, y de tan cansado y harto que estoy me pido un plato de embutidos, queso, rabas y croquetas. Y agua y andandito.

En pocas palabras, los municipales acordonaron la zona mientras las fuerzas y cuerpos de seguridad investigaban una posible mochila-bomba en la estación de autobuses. Detuvieron a una persona, presunto miembro liberado (a sueldo) de ETA.

Paso junto al campo de fútbol del Racing de Santander poco antes de las 5 de la tarde. Es un precioso templo exangüe. Luce un buen aspecto exterior y se comunica rápidamente con la playa del Sardinero. Ésta es enorme. A ojímetro, unos 150-200 metros de ancho! En ella prodigan los balones, pero son de voley-playa. Hace un viento fresco insistente, que molesta para desplegar el mapa.

Mis zapatos también sufren las consecuencias del viaje y se abren grietas en las suelas. Estoy algo fatigado, y el aspecto a las 22 horas de la plaza del Cañadio no me parece excesivamente llamativo: muchachada reunida, buena parte sentada en los escalones, donde se conversa al fresco y no se paga. Por cierto, buena parte de las conversaciones de adolescentes y pre-veinteañeros tratan de borracheras pasadas y futuras. Aquí y en las otras ciudades que he visitado. No fun. Si hay un día en el que me he sentido solo en el viaje es éste. Lo he solucionado con un helado de doble bola: chocolate en la base y crema de mango para coronar. Bien de color, mejor de textura, y algo flojo de sabor por la parte del mango.

MIÉRCOLES 11 DE JULIO

Llueve en Santander, y yo sin un calzado adecuado. No es estimulante pasarse varias horas en la estación esperando el tren, pero es lo que me conviene. Santander sale en las portadas de los diarios, y la gente habla del mal tiempo.

Frente a la Casa Consistorial de Santander - 11 de julio


El viaje en tren desde Santander hasta Bilbao dura unas 3 horas. Me caigo de sueño hasta que el paraguas se resbala de mi regazo y su chasquido contra el suelo me despierta. Por suerte, la estación de FEVE de Bilbao y la de Adif de Bilbao-Abando están muy cerca. En ésta última hay varios anuncios reforzados por megafonía de la candidatura de Javier González a la presidencia del Athletic Club de Bilbao, supongo. “Compromiso. Trabajo. Ilusión. Gestión”, un lema que no deja nada al azar, desde luego. Ni populista ni gris, todo un buffet-libre de la propaganda política.

Tras un paseo por los alrededores de la estación, decido entrar en un locutorio. Una hora, dos euros. Me da tiempo a ver mi correo, a escoger las asignaturas de las que me matricularé en el próximo semestre de la UOC, y a trazar mis horarios del Summercase!

El Tren Estrella Pío Baroja sale a las 22:25. Bilbao-Abando, Llodio, Miranda de Ebro, Logroño, Calahorra, Castejón de Ebro, Tudela de Navarra, Zaragoza Delicias, Monzón-Río Cinca, Lleida, Reus, Tarragona, Sant Vicenç de Calders y Barcelona-Sants. En el compartimento, un fisioterapeuta y yo. Él tiene una novia catalana y se pelea con el idioma. Como tiene experiencia como vigilante de la estación de Bilbao, le puedo preguntar abundantes detalles. Entre otros que me reservo, cuenta que el puesto de vigilante en un tren es un pequeño chollo. 1.200 euros, buenas condiciones laborales, y escasa conflictividad. Si hay problemas, no actúas: ningún vigilante saca la “defensa” por casos de faltas ya que necesitaría testigos para su defensa en caso de que fuera demandado por el presunto infractor. Y es que, para ahorrarse molestias innecesarias, nadie quiere hacer de testigo y los vigilantes se sienten vendidos. Así que si hay agresión o delito retienen al delincuente hasta que llegan los Mossos, la Ertzaintza o equivalente.

La luz del amanecer sobre tierras aragonesas es preciosa: un tono pastel algo descremado, muy delicado. Las máquinas de regar ya funcionan a las 6:30 (algo que me parecía impensable en las tierras cantábricas).

Durante la noche hubo una avería en un tren de mercancías que impidió el paso de nuestro tren, que va con hora y 25 minutos de retraso. Pero aprietan el acelerador a fondo en el último tramo y consiguen llegar sólo una hora y 10 minutos tarde. De esta forma, los usuarios pueden reclamar el 50% del importe del billete (si hubieran llegado con una hora y media de retraso, hubiera sido el 100%). Entre unas gestiones y otras, llego a casa a las once de la mañana, sin desayunar.

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