Calderas rabiosas
Allí estaba mi bisabuela, rezando el rosario después de haber llegado a la iglesia casi arrastrándose, con los tobillos hinchados y la espalda imitando a su bastón. Rogaba muy devota por una máquina expendedora de botellas de agua junto al pilón de agua bendita, y así, gracias a su fe, entró en contacto con el servicio de prensa celestial de Omnipotencia, donde un empleado muy amable de voz ronca le informó que Dios estaba fingiendo tomas falsas para un anuncio de champú, para hacer un making-off fresco y con chispa, pero resulta que a Dios le salía todo bien y las tomas no tenían puñetera gracia. Mi bisabuela, experta ella, declinó hablar con el encargado pero insistió en que alguien se pudiera ocupar de su petición. Respuesta parecida: ángeles y arcángeles estaban ocupados en zamparse rebanadas de queso para untar. El responsable de prensa le preguntó a mi bisabuela que si veía la tele, y ella le respondió que sí, y le dio su teléfono de casa para que la avisara el día en que Dios se dignara a dejarse entrevistar por la Campos. El cura dijo "Demos gracias al señor" y se acabó el opio.

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Palabras encontradas
Cuentan que por la conocida isla de Lesbos circulaba ha mucho tiempo [625-570 a.C., uséase, antes de que se descubriera en el teatro la eficacia del buey y la mula como extras] una poetisa griega llamado Safo. Por lo visto, "The Times Literary Supplement" publica una traducción al inglés de un poema de 101 palabras que, mira tú por dónde, alguien había utilizado para cubrir una momia egipcia. Dicha poesía medita sobre el carácter inevitable del envejecimiento, y la poetisa va reflejando las señales físicas que el paso del tiempo ha dejado en su cuerpo (quien ha visto "Los espigadores y la espigadora" tendrá un perfecto complemento visual de esta idea). Viene a decir algo así como "No envejecer, siendo humanos, es una imposibilidad". Se comprende, pues, que el momificador no utilizara ese poema para envolver el bocata.

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El fuego purificador
Como particular homenaje al cuarto centenario del Quijote (como pronunciaría Zapatero, Quí-Jó-Té), propongo llevar a cabo una recreación del capítulo sexto de la primera parte. Ya podéis ir escogiendo el CD más horripilante, el DVD más lamentable, el videojuego más infecto, el libro más aborrecible o cualquier otro producto cultural que os duela poseer. Reservadlo en un lugar visible de vuestra habitación hasta el día de San Juan. Y cuando vayáis a las hogueras, reclamad un momento para decir dos o tres frases para razonar la sentencia contra dicho objeto y, acto seguido, ejecutadla.

En caso de que fuerais varios los que acordáseis llevar este tipo de productos a las hogueras, os recomiendo que, después de que todos hayan expuesto los motivos de sus respectivas sentencias, decidais si alguno de los objetos allí presentes puede ser indultado. Una vez resuelto este punto, se ejecutará la sentencia de forma colectiva y simultánea.

ashes to ashes...

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...maybe all I need is a shot in the arm...
Una confesión: siempre creí que mi segundo guión, esta vez escrito en solitario, trataría sobre una historia de amor. Romántico, pero del tipo que a mí me gustan. Pues bien, he visto en los últimos dos días dos películas de este género que me han apasionado y me he propuesto diseccionar el porqué de la fascinación que ejercen en mí. Y he encontrado los siguientes elementos comunes:

1) Los personajes de él y ella serían perfectos para Platón: son buenos, bellos, justos el uno con el otro y se expresan con franqueza (léase verdad). Ambos tienen una cualidad artística que les hace sobresalir. Él es pintor o escritor. Ella(s) se dedica(n) a hacer buenas obras sociales, y además cantan divinamente. Ellos ya han conseguido el reconocimiento y la notoriedad social, ellas están en camino. Pero lo más importante es que las obras artísticas de cada uno cautivan al otro, y las de los dos al espectador.

2) Los miembros de la pareja no paran de hablarse entre sí. Entre otras cosas, por las acometidas sexuales del personaje masculino, convenientemente esquivadas por el personaje femenino. Charlan sobre temas personales muy íntimos con la misma sencillez aparente con la que comentan las pequeñeces de su entorno. El hecho de que finalmente haya sexo o no es del todo secundario.

3) Los amantes ejecutan el ritual de apareamiento en un lugar acorde a lo elevado de sus sentimientos (un crucero, las calles de París); pasan por un lugar que de tan implicado con la naturaleza que le rodea parece sobrenatural; y no consuman la cita en un lugar romántico que en teoría les habría de unir para siempre (y, en ambos casos, porque ella no acude a la cita, a causa de una desgracia). [Nota personal: la de cosas que se me han ocurrido mientras yo esperaba, esperaba, esperaba, y ella no se presentaba... ni se presentó].

4) El hecho de que no se encontraran el día adecuado provoca en ellos el mismo efecto de idealización del otro. Ambos se añoran en la distancia. Su vida posterior es un desastre desde el punto de vista del espectador: se han convertido en gente vulgar, con las esperanzas eternamente derribadas de cualquier hijo de vecino. En sus posteriores relaciones con otras personas, desprecian la chispa porque no encuentran la que un día conocieron.

5) El final del film infunde, ante todo, esperanza.

6) Si los amantes hubieran tenido teléfono móvil, no hubiera habido guión.

Tengo dudas sobre si vale la pena ponerse a escribir sobre esto. Nadie se acuerda de “Tú y yo” de Leo McCarey (obra maestra absoluta) y no hay tanta gente con la que puedas comentar “Antes del atardecer” (que vi en cine de estreno ayer mismo).

Quizá lo interesante de veras no sería escribirlo, sino vivirlo.

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Mensaje en una botella, destinada a Javier Cercas
No sé cómo llegué a esa página: compro un periódico diferente cada día, y los lunes toca “La Vanguardia”. Es una costumbre que hace años que la mantengo, pero hoy no me corresponde abundar en sus causas. El caso es que un lunes, día 13 de diciembre de 1999, llegué a la página 2 del suplemento “Cataluña” de “El País”. Es decir, una página par. No hubiera llegado nunca a fijarme en un artículo que ocupaba cuatro columnas sobre una buena viñeta de El Roto de no ser por la foto que lo acompañaba. Aparecían Stacey Keach y Jeff Bridges sentados frente a la barra de un bar de Stockton, en la escena final de una de mis películas favoritas, “Fat City”. El artículo se llamaba “Contra el optimismo” y... bien, sólo apuntaré que lo recorté, y que fue el artículo 1 de otros muchos que dieron trabajo a la tijera de mi escritorio, y que yo iba recopilando en dossieres de plástico y cuyos datos esenciales iba incorporando a una base de datos informática. Cómo esa database murió en un taller y cómo el disquete de emergencia no cumplió su función forman parte de otra historia.

Recuerdo también que, trabajando de machaca para una productora de televisión, un día empecé a leer una entrevista que venía encabezada por la frase extraída “Pensar m’atabala” (“Pensar me aturde”, podría ser un intento de traducción), en el diario “El Punt”, el 15 de junio del 2000. De su lectura saqué la impresión de que estaba ante un escritor que tocaba con los pies en el suelo, con respuestas que podrían salir perfectamente de una conversación, valga la repetición, en una barra de bar frente a unas tapas. No lo recorté, sino que dirigí mis pasos a la fotocopiadora. Creo que fue en ese momento cuando até cabos y me di cuenta de que ese escritor simpático de la entrevista, que acababa de publicar “El inquilino” y “Relatos reales”, era el autor de “Contra el optimismo”. Por supuesto, guardé la fotocopia, y aquí la tengo, enfrente de mí.

Por qué no me decidí a ir a una librería y hacerme con “Soldados de Salamina” cuando se publicó es algo a lo que aún no puedo responder. No lo hice. El libro fue un best-seller. Se hizo de él una película correctita, todos sabemos por qué. El metraje gana en intensidad cuando se deja de lado la (siempre) aburrida peripecia del escritor en crisis para ir directamente a lo que interesa: la reconstrucción de una historia con base real en un punto distante de la Guerra Civil. Siendo gráficos: menos Ariadna Gil y más Ramon Fontseré, y mucho más Joan Dalmau, y la película hubiera sido más de mi agrado. Al cabo de un tiempo, una publicación local me pidió un comentario de la película “Soldados de Salamina”, mientras que otro colaborador, a quien aún no conozco, escribía sobre el libro. Escribí esas líneas, y también las tengo guardadas, pero no viene al caso copiarlas aquí. Lo que cuenta es que, otra vez, me quedaba a las puertas de leerlo y dejé pasar la oportunidad.

Hasta anteayer. Ahora que sé que, durante las próximas semanas, trabajaré los fines de semana, fui a abastecerme de provisiones a una biblioteca pública. Hacía tanto tiempo que no iba que busqué el carnet de la misma por los lugares más recónditos de mi cartera... y no lo encontré. Tras repasar los CDs y leer tres revistas, dos de ellas musicales, empecé a rondar por las estanterías de libros. Primero fui a los de filosofía. Creí que, para un estudiante de políticas como yo, leerse “La República” de Platón no estaba de más, y lo cogí. Y al encaminarme al apartado de ficción, mi primera intención fue ir a por “Guerra y paz”, pero recordé que la última vez que pasé por la biblioteca parte de los libros habían sido trasladados por falta de espacio, y el de Tolstoi estaba entre ellos. En mi cerebro se produjo un barrido de datos y de repente apareció claramente ante mis ojos el nombre de “Soldados de Salamina”. Llegué hasta donde debía estar y, efectivamente, había dos copias. Pertrechado con Platón, Cercas, Aphex Twin, Air y The Postal Service abandoné la biblioteca, no sin antes poner cara de avergonzado ante el bibliotecario que me sonrió por haber perdido el carnet y por mi excusa barata de murmurar compungido que hacía muchísimo tiempo que no pasaba por allí. “Tienes que venir más”, dijo burlón.

Pues bien, hará unos veinte minutos que acabé de leer “Soldados de Salamina”. He reconocido en él el estilo directo del entrevistado en El Punt, la reflexión a partir de “Fat City” incluida en “Contra el optimismo” y los profundos cambios que David Trueba hizo en el argumento para poder meter con calzador a su pareja de protagonista. ¿Quiero decir que Cercas siempre habla de lo mismo? Bueno, ¿y quién no? Del propio director de “Fat City”, John Huston, he visto doce películas, y en todas ellas se habla de sueños desesperados de personajes condenados al fracaso que, efectivamente, acaban fracasando (menos en una, de la que sólo diré que empieza en 1914, en África Oriental alemana...). Y no por saber qué me explicará quiero dejar de ver cualquier película suya cuando tengo la oportunidad. Sólo quiero comentar, una vez apuntado todo esto, que estoy decidido a leer toda la bibliografía que pueda del señor Cercas, y de esta manera, si alguna vez tengo el honor de encontrármelo, pediré hablar con él. “¿Sobre qué?”, tal vez pregunte. “Just talk”, responderé. Zoom out y créditos.

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