domingo, 6. enero 2008
Berlin
Lou Reed

Berlin

La elección del mejor disco de Lou Reed debería ser una cosa fácil mirando solamente los tracklists: el álbum que contiene “Vicious”, “Perfect Day”, “Walk on the Wild Side” y “Satellite of Love”, que se compra bajo el nombre de “Transformer”, debería imponerse sin discusión a ningún otro. Entonces, ¿por qué hay tanta gente empecinada en citar a “Berlin” como su favorito del neoyorquino (entre ellos, yo mismo)?

Casi va contra toda lógica: no tiene ninguna canción pasto de radiofórmula, deprime a más no poder, y además es un disco que, más que escucharse, se sufre. Coger el CD de la estantería necesita casi un entrenamiento mental digno de un púgil, del tipo “enfréntate a ‘Berlín’, venga, campeón”.

Y además, cuando finalmente pones el “play”, te salen esas voces distorsionadas, ese cumpleaños feliz amargo, todo un principio espantasuegras… pero las notas del piano te van envolviendo poco a poco, casi acunando. El susurro de Reed apenas llega, estamos en un piano café, casi rodeados de humo… y de repente llega ese organillo de peli de terror de los años 70 que avanza una percusión potente y la producción ampulosa de “Lady Day”, tema sobre la soledad después del aplauso, interpretado con una teatralidad desproporcionada pero no por ello menos intimidante.

Mucho más sencilla y juguetona es “Men of Good Fortune”, la que cito más frecuentemente, por aquello de la división social entre ricos y pobres pero sobre todo por ese momento repleto de cinismo y honda sabiduría que llega cuando, tras una pausa, arrastra el tono y pronuncia desapasionadamente: “…and me, I just don’t care at all”. Me fascina. Play it again, Lou.

“Carolina Says I” empieza casi como la sintonía de una teleserie cómica. En esta canción el narrador expresa su devoción por una mujer que le rechaza al no considerarlo suficientemente hombre. Es una canción que tiene ambición pop, casi parece un descarte erróneo de “Transformer”. “How Do You Think It Feels”, sin embargo, vuelve otra vez a la simplicidad vía voz y piano. Y a ser descorazonadora: la canción que se canta a los que aún no han entrado en el mundo de los eternos “ojalás” para que ni se les ocurra asomar las narices por allí. La canción acaba con la instrumentación a tope de revoluciones, pero vuelve a caer en picado para una intro de percusión levemente ascendente que nos lleva hasta “Oh, Jim”. Dos canciones en una, la primera más luminosa, la segunda más interesante, cuando mirar a través de los ojos del odio alcanza toda su dimensión.

Si a estas alturas ya se está harto del mundo, hay que agarrarse bien, porque llegan curvas. “Caroline Says II” se balancea como una nana, sería digna de cantarse con mechero en alto de no ser por la cantidad de barbaridades que en ella se citan. Y qué decir de “The Kids”: por si no teníamos suficiente con la narración del hecho de que a una mujer le quiten los hijos porque algunos decían que no era una buena madre, llegan esos gritos infantiles... escalofríos me vienen cada vez que los oigo, implorando la presencia materna.

“The Bed” trata sobre un suicidio y sobre cortarse las venas, y ciertamente la interpretación está a la altura de las circunstancias. Lou Reed está bajo mínimos, parece que le cueste entonar una melodía que en manos de cualquier otro sería un rompepistas discotequero. Espero que Albert Pla tome nota de esta idea, ya que buena parte de su carrera parece contenida en “The Bed”. Al final, “Sad Song” despista a cualquiera, con ese arranque típico de un documental sobre la polinización de las flores y la llegada de la primavera, con ese puente guitarrero sacado del David Bowie de la era del glam, esa entonación triste de lo que pudo haber sido y no fue, y ese final orquestal grandilocuente.

Dicho todo esto, el álbum es un despropósito, pero tiene indiscutiblemente ese misterioso encanto de lo irrepetible. Es por eso que en ningún momento, una vez empezado, se te ocurre apretar el botón para avanzar canciones. O se escucha de una tacada o no se escucha. Quizá sea esta la principal razón por la que “Berlin” tenga un encanto especial sobre “Transformer” o sobre cualquier otra obra de este señor de Brooklyn. .

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